Crecimiento personal

Nuestra mala costumbre de cambiar a las personas

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Vamos por ahí queriendo mejorar el mundo, somos tan prepotentes que nos ofuscamos en querer cambiar al otro continuamente. No nos hemos dado cuenta de que cambiar a las personas es en realidad una proyección sobre lo que nos gustaría cambiar de nosotros mismos…

Cada día me encuentro con personas que quieren cambiar a otras personas.

  • Proveedores que quieren que sus clientes cambien…
  • Parejas que quieren que su amado/a cambie…
  • Padres que sus hijos cambien…

La mala costumbre de querer cambiar a las personas

Como estamos anclados a un sentimiento de no-suficiencia, es decir, lo que tenemos no es suficiente, esto siempre hace que queramos que las cosas sean diferentes. El problema suele venir con que las «cosas» a veces son personas. Y claro, puede ser razonable que uno quiera cambiar la realidad material que le rodea, que nunca le pareza suficiente (aunque también habría que mirárselo), pero ¿querer también cambiar a las personas?

La mentalidad maquinal de la era industrial sigue operando en nuestro subconsciente, «si no funciona a tu gusto, cambialo». La publicidad nos invita a ello, cualquier marca, en un intento de empoderarnos también lo hace, utilizando ese tipo de marketing que tanto nos gusta. De esta manera nos creemos omnipotentes y empezamos a perder esa sencillez innata con la que tanto brillamos…

Todo es una proyección

¿Cuántas cosas de ti no te gustan?, ¿Cuántos aspectos de tu vida te gustaría cambiar? Si hay cosas por cambiar ¿Porqué no las cambias?

En lugar de ello nos dedicamos a querer cambiar al otro, darle consejos de todo tipo sobre lo que debería o no debería de hacer. Sin caer en la cuenta de que «yo no soy el otro», y de que cada persona vive en circunstancias diferentes, con soluciones completamente diferentes. Deberíamos decirnos más a menudo

¿Quién soy yo para cambiar a nadie? Cuando tengo también unos cuantos ajustes que hacer a mi vida.

Querer cambiar al otro es una proyección, es algo que lanzamos ahí fuera porque somos incapaces de cambiar nosotros desde dentro. Ante la dificultad, es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio.

Generalmente las cualidades que queremos cambiar en los demás forman parte de nuestra sombra, de ese saco de cosas y cualidades que hemos desterrado de nosotros mismos, que no queremos ni ver, con las que nos llevamos bastante mal, pero que sin embargo siguen ahí llamando a tu puerta diciendo «eh, estoy aquí, ¿vas a aceptar que también formo parte de ti o tengo que seguir apareciéndome en otras personas?

No podemos cambiar al otro

Yo sé que te encantaría, sé que te gustaría mucho poder cambiar a esa persona que tú y yo sabemos.

  • «Ah, si fuera un poco más…»
  • «Si tan sólo cambiara…»
  • «Debería de…»
  • «Tendría que…»

Pero en realidad no podemos hacer nada. Es él o ella quien debe de darse cuenta, si quiere, de que necesita cambiar. Cada persona está librando una particular batalla interior consigo misma, no la juzgues.

En realidad cada uno es lo mejor que puede ser. Por mucho que nos duela a veces aceptarlo.

Y si no es mejor, es porque no ha aprendido a hacerlo de mejor manera. No lo culpes, recuerda: Cada uno está librando su propia batalla consigo mismo ¿no libras tú la tuya?

La única forma de cambiar al otro

Sin embargo, sí que hay una posibilidad. En realidad no todas las esperanzas están perdidas. Sí que podemos cambiar al otro si cambiamos nosotros mismos. Hay una ley sistémica que nos dice que en un sistema, si una parte hace un cambio hace que las otras partes tengan también que cambiar. No puedes cambiar al otro, pero sí que puedes cambiar tú. Y en ese cambio que has realizado es posible (sólo posible) que el otro también cambie.

Quizás esta sí que sea una forma más saludable de afrontar este tema: «Como no te puedo cambiar, voy a cambiar yo».

  • El proveedor que quiere que sus clientes cambien puede ser más cercano y comprensivo con sus circunstancias…
  • La pareja que quiere que su amado/a cambie puede ser más amoroso (incondicionalmente) hacia él/ella…
  • El padre o la madre que quiere que su hijo cambie puede comportarse con menos tensión y rigidez…

Y lo mejor de todo es que la vida generalmente no nos decepciona, y nos da grandes lecciones que siempre tienen que ver con nosotros mismos. Es curioso como a veces nos volvemos omnipotentes y entonces creemos que el mundo entero está a nuestros pies, y que somos capaces de cambiar todo lo que se interponga en nuestro camino y no coincida con nuestra forma de ver las cosas.

En la aceptación está el cambio

Se requiere urgentemente una mirada más humilde, se precisan con urgencia personas humildes que acepten, que no juzguen, que no digan lo que hay o no hay que hacer… Cualquier budista nos diría con una sonrisa en el rostro que en la aceptación está el cambio. La mayor parte de nuestros conflictos vienen porque en algún momento el orgullo tomó el control y dejamos de ser humildes.

Te propongo un ejercicio

Te invito a hacer un análisis de las relaciones que tienes ahora mismo: laborales, pareja, familiares, amigos…  Es bien seguro que a veces has querido cambiar cosas del otro. Siempre hay personas a nuestro alrededor que no concuerdan con nuestra forma de ver la vida: Ese hermano que…, esa pareja que…

El ejercicio consiste en:

  1. Encuentra dentro de ti cualidades similares con la que te llevas bastante mal. Por ejemplo si dices «Me molesta que mi pareja sea tan permisiva con nuestros hijos» es bien seguro que con tu propia permisividad hacia ti mismo/a tampoco te llevas del todo bien.
  2. Aprende a llevarte mejor con esas partes negadas de ti mismo/a, reconoce que tú también las tienes de alguna forma. Por ejemplo empieza a reconocer y considerar que la permisividad también algo que forma parte de tu vida «Vaya, en realidad yo también soy permisivo con mis clientes….», «Vaya, en realidad yo también soy permisivo con la forma de alimentarme…»
  3. Y por último date cuenta de que no hay otro camino que el amor y la mayor parte de conflictos con los demás se solucionarían si les pusiéramos más amor. Si incondicionalmente nos acercáramos al otro con la voluntad de amar, y de ser amados. Sin embargo en estos casos, como ya dije hace unas semanas solemos decir «tú primero»

Aunque yo tampoco lo he conseguido (por eso escribo sobre ello), me gustaría también tener una mirada más sencilla hacia la vida, ganar en humildad. Es algo que sí que puedo ver cada vez que visito o hablo con los monjes, es entonces cuando puedes ver como la falta de expectativas es el gran regalo que el presente nos ofrece ¿Lo tomas?

Que tengas un gran día.

 

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